Rubén Uría

Cosas de niños, pianistas y corbatas

Díscolo, desafiante, protagonista, polémico, vanidoso, pagado de sí mismo, competitivo al máximo y sobre todas las cosas, campeón y coleccionista de trofeos. Él, que se autodefine como el peor perdedor del mundo, de discursos sólidos que mutan en plástico fino si se consultan las hemerotecas, ha completado una vez más, una semana inolvidable para lo que queda del periodismo deportivo. Los suministradores de estramonio, en su afán desmedido por elevar la anécdota a categoría, han hecho de la conspiración, su deporte olímpico. Es posible que no estuviese en su ánimo desmerecer a un colega de profesión.  O que su único fin fuese denunciar irregularidades. Como que la gala le importase una higa. Y que le produjese urticaria imaginarse con cara de empate a cero y aplaudiendo a un ganador que no fuese él mismo.  No se debe no asistir a una entrega de premios si se cuestiona la elección, si no hay claridad en los votos e incluso si no se cree en la institución que los otorga. Faltaría más. Ahora bien, no es su caso. Él, en su día, acudió deprisa y corriendo, a última hora, a aquella gala en la que fue premiado. Por aquel entonces, el sistema de votación le pareció fiable y la organización, modélica. Cosas de niños.

Más grave es cómo se presentan en sociedad esas cosas de niños, bajo qué mensaje. A quien deja tras de sí una estela de capítulos negros en forma de sanciones, no se le debe aplicar la presunción de culpabilidad, pero tampoco se le puede revestir de un manto de inocencia. Parafraseando al único, ambas cosas son prostitución intelectual. Hay cola cuando se trata de demonizarle, por supuesto que sí. Hay quien le espera con la escopeta cargada a la vuelta de la esquina, eso es cierto. Tan cierto como que él se empeña en darle munición a sus críticos cada día. Para los cofrades de la secta que le presenta como mártir, la cosa es más sencilla. Consiste en edificar, de sus groserías, un rascacielos de sospechas sobre el prójimo. Son algo así como aquellos pianistas que había en los cines cuando las películas eran mudas, encargados de soliviantar al público asistente con objeto de que les quedara meridianamente claro quién era el bueno y quién era el malo de la película.  Aquí el bueno es el dedo que señala el camino, el que le interesa a su empresa y a quienes la dirigen. Pasaban cosas raras y allí estaban ellos, con su catón de verdad, para ser juez y parte. Sus fuentes y sus votos mutantes. Estramonio. No son cosas de niños.

Él, magnífico entrenador, que merece la continuidad que no gozaron sus predecesores, es consciente de que el fútbol no tiene memoria, pero los vecinos sí. Y él, en su día, él acusó sin pruebas al equipo que hoy entrena de primar a terceros con maletines. Dejó caer ante el planeta, otra vez sin pruebas, una conspiración auspiciada por UEFA con Unicef y Villar mediante, con el rival como beneficiado. Y también fue el entrenador de un club acusado de comprar árbitros, algo de infinita gravedad comparado con los famosos votos mutantes. Pero sobre esos espinosos asuntos, no se escuchan verdades, ni surgen investigaciones. Será que a algunas empresas no le conviene denunciar lo que no se recoge en las encíclicas del señor que es tan único y tan especial. Así funciona la estructura atómica del periodismo donde unos parecen mover los hilos y otros parecen marionetas. Será que las banderas tapan la gravedad de algunas informaciones, por muy orgullosos que se sientan los títeres. Será que la verdad es como el tamaño de las corbatas y cada uno escoge el de la suya.

Rubén Uría / Eurosport

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