Rubén Uría

Penúltimas traiciones, última impostura

Con más frecuencia de la necesaria, el periodismo se ha condenado a opinar sobre las informaciones que difunden otros miembros de su gremio. En ese escenario, que rezuma las miserias de un periodismo permeable al politiqueo, es donde conviene situar la percepción que la opinión pública tiene de lo que pasa en el Barça. La opinión de los periodistas que opinan sobre lo que opinan otros compañeros suyos dibuja una hoguera de vanidades, avivada por las llamas del adiós de Pep Guardiola. Su marcha ha precipitado una avalancha de pesimismo, ha levantado una ola de rumores y ha conjeturado en base a extraños episodios, convenientemente salpimentados por la opinión de periodistas que interpretan, a su libre albedrío, la opinión de otros colegas. El resultado arroja esta secuencia: Guardiola se va porque Rosell ha sido desleal, se va triste porque Zubizarreta le ha fallado y porque Vilanova le ha apuñalado, lo que ha motivado que el propio noi de Santpedor haya amenazado a la directiva con palabras gruesas si algunos de sus amigos llegan a contar vaya usted a saber qué sobre otros presuntos amigos. Al supuesto contubernio le envuelve una pretensión inquietante, un título ambicioso de un forúnculo provocador: penúltimas traiciones. A ese carro se sube Joan Laporta. Sostiene que, con él en el palco, Guardiola jamás se habría marchado y que ascender a Vilanova es la resultante de un ataque de pánico del presidente que votaron, por abrumadora mayoría, los socios.

Quien esto escribe no dispone de la suficiente información, ni puede contrastar aún la veracidad de esos supuestos hechos, ni siquiera recabar las diferentes versiones de todos aquellos aludidos por la inminente marcha de Guardiola. Pero para no formar parte del cada vez más mayoritario grupo de periodistas que opinan en base a lo que opinen otros colegas suyos, conviene precisar varias cuestiones: Uno, Rosell no ha sido desleal con Guardiola, ha sido distante. Su lealtad se debe a los socios, no a un técnico. Es indemostrable que pudiera o no hacer algo más por la continuidad de Guardiola, pero sí es refutable que le esperó, hasta el último minuto, ofertándole la renovación. Dos, Zubizarreta trabaja al servicio del club, no de un amigo. Haber retrasado la búsqueda del relevo de Pep habría sido una irresponsabilidad manifiesta para el futuro de la institución que le paga Y tres, en cuanto a la presunta traición de Tito Vilanova, sólo él y Guardiola conocen, de primera mano, la realidad de una historia de relación profesional intensa, que va más allá de interpretaciones torticeras y cloacas periodísticas. Serán ellos, si quieren, los que cuenten la realidad, no una pararrealidad. ..

En cuanto a Joan Laporta, el presidente que coleccionó trofeos y estaba al mando mientras ser ordenó espiar a otros directivos, el asunto es más sencillo aún. Él dice que bajo su mandato, Guardiola jamás se habría ido. Su puesta en escena, celebrada por algunos sectores del barcelonismo, sirve para culpabilizar a Rosell y para insinuar que está dispuesto a volver. Hay quien considera necesario el regreso de quien mantenía el fuego cruzado con el Madrid y repartía carnés de barcelonista, en aras de la politización cerril de un club hoy universal y aperturista. Y hay quien dice que Laporta es coherente. La hemeroteca, que siempre tiene la capacidad de poner negro sobre blanco con el paso del tiempo, revela lo contrario. Ahí van tres ejemplos:

'Mi misión es ayudar cuando se me requiera, así debe ser. No molestar es la primera obligación de un ex presidente'. (Joan Laporta, 15.06.2010)

'No voy a hacer oposición, no voy a poner palos en la rueda como algunos quisieron hacerme a mí' (Laporta, 15.06.2010)

'Debemos ayudar a Sandro Rosell. No lo tendrá fácil. Hay que tener compresión porque hemos hecho de la victoria algo habitual y no se puede ganar siempre, no será fácil mantener el nivel de calidad, de victorias y éxitos'. (Laporta, 15.06.2010)

Es posible que Sandro Rosell no sea el presidente perfecto, que haya cometido errores de bulto y que no sea el tipo más coherente del mundo. Pero las palabras de Laporta, con el paso del tiempo, revelan qué es lo que está ocurriendo a día de hoy en ese club. Mientras el Barça siguió ganando, él calló. Ahora, dos años más tarde, Laporta, al que tanto ofendía el entorno, es el entorno. Sólo 25 meses después, él, que no iba a molestar, ha comenzado una intifada verbal contra la directiva actual. Quizá tenía intención de cumplir lo que dijo, pero la hemeroteca no miente. La etapa de Laporta en la política no ha sido en balde. Se ha convertido en un artista a la hora de incumplir sus promesas.

Rubén Uría / Eurosport

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