Rubén Uría

Real Madrid, desplome y atenta la compañía

Nada hacía presagiar que el Real Madrid de Mourinho se pegaría un tiro en el pie después de haber presenciado su primera parte en el Coliseum. Enfrente estuvo el Getafe, ese equipo acusado de parecer un filial merengue por las filias de su presidente, pero que no alineó a más de un canterano con pasado blanco, ya que Pedro León - que no es Zidane ni Maradona- tenía prohibido jugar, por contrato, no fuera a ser que le diera por imitar al francés o al argentino. El Madrid fue superior en los primeros cuarenta y cinco minutos, marco un tanto, falló varias ocasiones claras y sometió al Getafe a un acoso que no acabó en derribo, porque los blancos no tuvieron puntería en la zona de liquidación. Xabi Alonso ofrecía otro recital de cambios de orientación de cuarenta metros, Higuaín contribuía con su gol y el Madrid hacía más que suficiente para gobernar el partido a su antojo. Sin un fútbol como para partirse la camisa, como Camarón, pero con suficiente autoridad como para mostrar las miserias de un rival asustado, falto de fe, ausente de malicia en el área contraria. Del Geta no había noticias y todo parecía indicar que la tarde-noche sería un crucero de placer para las huestes de Mourinho. Nada que ver.

En el segundo acto, por aquello de que el fútbol no es una ciencia exacta y es un juego donde el azar entraña razones inexplicables, el Real Madrid se perdió en naderías. Especuló, amagó con pegar sin hacerlo y cedió terreno y balón al Getafe, que pareció encontrar lo que había perdido el Real, la actitud. Para disgusto de Mourinho, el Real encajó su enésimo gol a balón parado gracias a la cabeza de Valera. La contumacia en la desatención de la zaga madridista dibujó una mueca de desaprobación de Mou. En la previa, había significado que el Getafe era 'un equipo equilibrado, con buen contragolpe y dominio de las jugadas a balón parado'. Tenía razón. Así llegó el principio del fin para el Madrid. A balón parado. En pleno desplome, físico y también táctico, el Real fue el equipo D: desnortado, desactivado, desordenado y con el paso del tiempo, desesperado. El Getafe, en una contra de manual, como ya había anunciado días antes The Only One, hurgó aún más en la herida después de una conexión entre Colunga y Barrada, donde el primero puso la poesía y el segundo cobró los derechos de autor. El Madrid, cautivo y desarmado, presa de sus propios errores y de una desidia inexplicable, hincó la rodilla en Getafe. Próxima estación, la Supercopa. Un título menor, pero ante el Barça, del que ya está a cinco puntos.

Mourinho, publicista de enigmas transparentes, no quiso echar balones fuera. En su día patentó presuntas conspiraciones, denunció calendarios adversos, esgrimió folios de errores arbitrales, redefinió el concepto del señorío y fabuló con Unicef como centro neurálgico de un complot contra su equipo. En Getafe no. Se dejó de enigmas y fue transparente. The Special One, autodenominado The Only One, para explicar el apagón inesperado de su equipo en una segunda parte reprobable, fue directo y conciso. No quiso rebañar en el contenedor del revisionismo arbitral y no se dedicó a contar historias para no dormir. Desgranó el partido con naturalidad y sin subterfugios. Confesó que su equipo había jugado un partido inadmisible, desdeñó la posibilidad de acordarse del colegiado y significó que la victoria del rival había sido merecida. Él, amigo de proporcionar titulares a mansalva para destensar a sus jugadores y quitarles responsabilidad, regateó su protocolo de actuación. Abandonó su prótesis de chico malo, insinuó que la ropa sucia se lava en casa, que hay cuestiones que no se deben decir en la prensa y que sus jugadores habían hecho un partido digno de la casa de los horrores.  Atenta la compañía.

Rubén Uría / Eurosport

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