Rubén Uría

Recibir un muerto y devolver un campeón

Una ley no escrita del fútbol dice que con un 99% de entusiasmo y un 1% de talento, se puede salir campeón.  Diego Pablo Simeone, con la motivación como estrategia, aplicó esa máxima. Devolvió la autoestima a unos jugadores que le habían perdido (‘sin grupo no hay equipo’) y por el mismo precio, recuperó aquello que los propietarios del club habían robado a sus aficionados: el orgullo de ser del Atlético. Su milagro deportivo es de proporciones bíblicas: le entregaron un equipo muerto y devolvió un equipo campeón.  Desde la energía y el corazón, Simeone ha puesto a los atléticos en fila de a uno, les ha ofrecido motivos para creer y les ha convencido con un discurso sin fisuras. Sea cual sea la meta, por imposible que parezca, nunca hay que dejar de creer. Nada es imposible si se pelea como un pequeño para ser un grande. Y su Atlético compite y gana.

El secreto del éxito de Simeone se ha fraguado desde el rincón más valioso que existe en el deporte: el amor por la camiseta, el orgullo por la pertenencia, la pasión por una idea. El fútbol es de la gente. Y Simeone, canchero y con alma de hincha, ha perseguido, como gran objetivo, que la gente del Atlético se sienta otra vez orgullosa de su militancia. Él ha logrado que los feligreses del Calderón, siempre agradecidos, vuelvan a sentirse felices vistiendo las rayas canallas de los colchones.  El Cholo, en apenas meses, ha convertido una institución con aluminosis en un club de referencia. Y para escalar ese Everest, sin más oxígeno que sus pulmones,  ha alcanzado esa meta a base de sentimientos.

Llegó como penúltimo escudo humano de la directiva, encontró una plantilla deprimida y una afición entregada al fatalismo. Para voltear la depresión, ejerció de vitamina.  Como Guardiola en el Barça, Simeone se sintió honrado por representar al equipo del que se siente enamorado. Y de ahí en adelante, dio rienda suelta a sus sentimientos. Se comportó como un jugador más para ganarse su confianza, fue el padre de familia del vestuario,  vistió piel de psicólogo para mitigar los traumas del equipo, se comportó como un campeón para serlo, nunca se refugió en las excusas después de una derrota, nunca cayó en el victimismo arbitral, ejerció como portavoz del club para amplificar su mensaje y hoy, sin pretenderlo, se ha convertido en la bandera del club.  Simeone es la única autoridad moral que reconoce la afición.

Su hoja de servicios, tres títulos en dieciocho meses,  sería suficiente para ubicarse, de por vida, en el panteón sagrado de leyendas rojiblancas, junto a Luis Aragonés. Cualquier otro se conformaría con ese palmarés brillante, pero Cholo vive empeñado en explorar los límites de su equipo y alcanzar una meta más ambiciosa, que el club siga creciendo. Durante dos décadas de Gilifato, ser del Atlético era asumir una rutina masoquista: sentir impotencia los domingos y ser el chiste fácil de la oficina los lunes.  Ahora los atléticos disfrutan de su nueva rutina: el cholismo es competir y ganar desde los sentimientos. Simeone heredó un equipo de zombis y lo convirtió en un equipo programado para cualquier guerra. Recibió un muerto y devuelve un campeón.

Rubén Uría / Eurosport

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