Rubén Uría

Semidioses y algunos lugares comunes

El Real Madrid es un territorio de lugares comunes donde chocan, con persistencia y vehemencia, los poderes mediáticos. Vive instalado en una caja de resonancia que le adula hasta el exceso cuando gana y que le cornea sin piedad cuando cae. Es un club con tanto poder informativo que se condena a manejar más intereses que ideas. Mal negocio. El periodismo, factor clave para disparar los ingresos, el márketing y los derechos de televisión, forma parte de las exigencias diarias de la nueva dictadura del fútbol moderno: genera un estado de ansiedad, detona una bomba informativa a la vuelta de cada esquina y acaba por marcar los tiempos del club. En la victoria, sus altavoces mediáticos exhiben una potencia de fuego demoledora: los jugadores reciben halagos desproporcionados y su entrenador recibe trato de divinidad, siendo adorado, como un becerro de oro, por ser un ganador irresistible.  No importa cómo ganó, claro. En la derrota, la otra cara de la moneda, el efecto multiplicador de esos decibelios es insoportable: el fuego amigo se convierte en fatuo, los jugadores son identificados con el pasotismo, el capricho y la indolencia, y el entrenador, mitificado por el periodismo y su clientela, acaba siendo pasado por la quilla por los mismos que le arrogaban propiedades de semidios. No importa cómo perdió, claro. Así funciona la fórmula instantánea: Si se gana, se buscan ídolos, no ideas. Si se pierde, se buscan culpables, no soluciones.

En ese ecosistema de bomba informativa diaria, filtración interesada y seguimiento minuto a minuto, el Real Madrid se coloca bajo focos que nos muestran varios ángulos y alimentan diferentes debates, ficticios o reales: que existe una guerra fría entre el entrenador y la plantilla, que hay divisiones irreconciliables entre los futbolistas o que el míster, después de su denuncia pública en conferencia de prensa, desea volver a unir al vestuario, aún a su costa. Hay más teorías. Que el desencuentro entre jugadores y técnico obedece a detalles tácticos; que los pesos pesados de la plantilla, siempre pendientes de su reputación, están hartos de que su entrenador se coloque el último en la fila de los culpables;  que los jugadores están endiosados; y que el míster, dicen, se siente traicionado por su falta de implicación. Hasta ahí la posible ficción. Ahora la cruda realidad: el míster ha dicho, en público y de manera textual, que muchos de sus jugadores no tienen el fútbol como prioridad en sus vidas. Conclusión: a día de hoy, en el Real Madrid no existe consenso.

Hasta ahora, José Mourinho, era el hiperlíder indiscutible del vestuario. Su palabra fue ley, rubricó un equipo de autor, generó una atmósfera exigente, aglutinó el poder del club en torno a su figura, forjó una estrategia de comunicación a su gusto y exprimió a la plantilla con puño de hierro. A golpe de autoridad. En su Madrid no existía el consenso, porque el consenso era él. El protocolo de actuación en caso de duda era LQDM. Lo que diga Mou. La fórmula ha funcionado, sin fisuras, en las victorias. Ahora, en las derrotas, el protocolo se resiente: urgen reuniones, se suceden llamadas telefónicas, se tira de recursos de psicología y se buscan estímulos en la sala de prensa.  En algún momento, el equipo se le ha ido de las manos.  Y ahora Mou, enamorado de su propio mito, tiene ante sí un trabajo ingrato: unir los trozos sueltos de un vestuario que se debate entre volver a creer en él o dejarle a los pies de los caballos. No hay nada más dramático para un entrenador que recomponer a un equipo desgajado en egos que no confían en su jefe. Hasta para un técnico con un currículum tan impresionante como el de Mou. Lo único que convierte a un grupo en un campeón es la suma de las actitudes de los jugadores. Si falta esa idea común, la palabra equipo es un conjunto vacío.

Rubén Uría / Eurosport

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