Rubén Uría

Simplemente, Mireia Belmonte

El medallero se poblaba de banderas de diferentes países y España seguía seca tras varios días de competición, igualando el peor arranque histórico desde Seúl en 1988. Así que, mientras el resto del mundo disfrutaba de las gestas de Ye Shiwen y de la leyenda de Michael Phelps,  la opinión pública española,  emparedada por el paro y por los recortes del Gobierno, se preguntaba cómo era posible que, a estas alturas de competición, España siguiera sin aparecer en el medallero.  El parto fue de nalgas desde el principio, con la inesperada lesión de Rafa Nadal o las de Oscar Freire y Samuel Sánchez.  A eso hubo que añadir el fracaso del equipo olímpico de fútbol (en esta ocasión, la palabra fracaso es un eufemismo muy generoso) y  también las medallas de chocolate de héroes anónimos y meritorios como Ander Elosegui en piragüismo y Sugoi Martínez en judo,  que dieron lo máximo de sí mismos. Cuestiones que, unidas a la desorganización crónica de nuestro deporte, dividido en reinos de taifas a modo de federaciones subvencionadas,  acabaron generando un clima de ansiedad en la opinión pública.

A esa impaciencia popular,  que empezó a frustrarse y exigir medallas, fueran las que fueran las posibilidades y marcas de nuestros representantes;  a esa desorganización crónica de quien no planifica pero se desvive reclamando metales; a esos a quienes sólo les importa salir en la foto del fútbol y escudriñan cada mísera beca;  y a quienes piden oros, platas y bronces cada cuatro años sabiendo que todo el plan ADO es menos dinero que el sueldo anual de Cristiano Ronaldo o Messi; a todos esos, les respondió Mireia Belmonte. Una sirena de Badalona cuya carrera deportiva merecía una recompensa como la obtenida.  Acusada con más frecuencia de la deseable de pechofrío, de no saber nadar bajo presión, de no estar a la altura de las expectativas y de ser una mentira de piscina corta, Mireia Belmonte también tuvo respuesta para sus críticos en el agua. Lo hizo batiendo el récord de España, deteniendo el crono en 2m05s25, nadando con ambición. La que sus críticos decían que le faltaba. Arriesgó en la salida, imprimió su ritmo, se codeó con la china Liuyang y sólo cedió terreno en el último 50, donde su motor empezó a resentirse. Aguantó segunda.

Mireia Belmonte, por fin tras varias decepciones personales, encontró premio a su descomunal trabajo, siempre silencioso, de interminables horas de sacrificio. Se colgó la medalla de plata. Zanjó las urgencias de los diferentes Comités, Consejos y demás federaciones. Y acabó con la impaciencia de la opinión pública, demostrado que sí, se puede. Después de hacer realidad su sueño, una medalla, la meta a la que había consagrado su vida, se convirtió en la segunda mujer española de toda la historia en conquistar una medalla olímpica. Belmonte, al contrario que Nina Jivanevskaia, se entrenó siempre en Sabadell, en España. Ahora, en este momento, cuando Mireia Belmonte ha abrazado la gloria, sería oportuno recordar y reflexionar sobre algunas cuestiones que hoy, con el alborozo de la medalla, no pueden quedar en el olvido: En abril del año pasado, antes de acudir a Londres, Mireia confesó cómo se sentía a la hora de afrontar su responsabilidad en la cuestión de las medallas: '¿La presión? solo se acuerdan de ti cuando haces algo, y si encima lo haces mal, te machacan'. Dos años antes, en 2010, dejó otra frase para la posteridad, que hoy conviene recordar: 'Importa más el twitter de un futbolista que nuestras medallas. Tenemos ayuda económica, pero poca'.

La plata de Mireia Belmonte es demasiado valiosa como para seguir ignorando la realidad de nuestro deporte. Belmonte ha conseguido medalla contra la cultura histórica de nuestro deporte, contra las escasas ayudas económicas que recibe como hija de un deporte menor en este país y contra los agoreros que pensaban que era un bluff. Mireia Belmonte ha combatido sus demonios interiores, los ha debilitado y finalmente, los ha vencido.

Rubén Uría / Eurosport

Últimos posts

Blogs destacados