Rubén Uría

Soldado derriba el muro impenetrable

Del Bosque advirtió: cualquier desatención ante rivales menores era susceptible de pagarse caro en un grupo con Francia como amenaza. El riesgo era caer en la autocomplacencia, en el relax. España, que acumulaba 45 partidos sin perder en eliminatorias mundialistas — 19 años invicta-, no podía comenzar pegándose un tiro en el pie. A punto estuvo, porque se pasó 85 minutos en la silla del dentista, hasta que Fàbregas, despresurizado cada vez que se enfunda la roja, descubrió a Soldado, para derrumbar el muro local. Georgia, que formó parte de las repúblicas soviéticas y que nació de su desmembración, hizo lo que tenía que hacer, levantar un muro de hormigón delante del perímetro de su portería. Fue un rival áspero y encerrado que, durante una hora, obligó a España a percutir por el centro, cayendo en su trampa para cazar elefantes. Ni Xavi ni Iniesta, parecían capaces de encender la luz en el bosque de piernas del rival. Tampoco Silva, que estrelló un remate en la madera. Confundida entre la viscosidad de la zaga local, la selección se marchó a vestuarios con la sensación de que le faltaba algo. Había firmado su enésimo monólogo con la pelota — más de un 80% de posesión-, pero no encontraba la llave para abrir el cerrojo.

En el segundo acto, el seleccionador español cambió los ingredientes de su receta habitual. Prescindió de un mediocentro, introdujo a Pedrito y quiso buscar la manera de prender la chispa adecuada. España maduraba el partido, mejoraba y llegaba con peligro, pero el muro seguía siendo infranqueable. Pudo ser peor. En su única chance, Georgia estrelló una pelota en el palo con Casillas ya superado. Por fortuna, el sofocón fue pasajero. El crono avanzaba, en forma de lenta agonía, pero España volvió a su guión inalterable que tanta gloria le ha dado. Trató bien la pelota, tuvo paciencia y encontró recompensa a su propuesta cuando el crono apuraba, a falta de cinco minutos. Fàbregas, la última bala de plata que disparó Del Bosque desde el banquillo, se revolvió, descubrió a Soldado y el valencianista, al primer toque, ajustició. Fin a una tarde áspera, a una visita incómoda, a una sesión en el dentista. Georgia, que trazó un muro, que pegó en demasía, que especuló y perdió tiempo para lograr el mejor resultado de su corta vida deportiva, acabó fulminada en el último aliento. Justicia poética para el único equipo que quiso ganar, España.

Obligada a defender su corona por una absurda normativa, cuando se ha ganado ese derecho de manera legítima, España superó su primer obstáculo para acudir a Brasil. Con un resultado corto, pero con su fútbol de siempre. Con más apuros de los previstos, pero sin traicionar la identidad que le llevó a un triplete sin precedentes en la historia. Malas noticias para quienes no perdonan que esta selección haya abrazado un estilo de juego que aborrecen, unos por fobia hacia Del Bosque y otros, por filias hacia quienes quieren borrar el mapa el imperio de los centrocampistas, porque, dicen, les aburre. Los trompeteros del apocalipsis, antes felices con una España campeona del mundo de amistosos y hoy críticos feroces de un una selección campeona del mundo en partidos oficiales, habían puesto el cava a enfriar. En esas, Soldado hizo volar por los aires el muro impenetrable.

Rubén Uría / Eurosport

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