Rubén Uría

La sonrisa de Bolt Marley

Él ni siquiera había nacido para ser testigo de las hazañas de James Hines, el primer hombre capaz de bajar de los 10 segundos corriendo los 100 metros lisos. Tampoco estaba en este mundo cuando Calvin Smith redujo esa mítica marca en dos centésimas unos quince años después. Y sólo tenía dos años cuando Carl Lewis, el hijo del viento, se coronó como el hombre más rápido del mundo alcanzando los 9,92 segundos en aquella final olímpica en la que el musculado Ben Johnson acabaría descalificado por dopaje. Sin apenas más referencias que las de algunos de sus mayores sobre aquellos dioses de la velocidad, Usain St. Leo Bolt [Sherwood Content, parroquia de Trelawny, 1986] se ajusta sus cascos y recuesta su corpachón en el sillón del avión que le está trasladando a Atenas. Serán sus primeros Juegos Olímpicos y está inquieto. Sabe que es una de las grandes esperanzas de Jamaica, una isla caribeña que, en cuestión de velocistas, desafía incluso el potencial de Estados Unidos. Sus compatriotas esperan que vuelva abrazado a la gloria. Todo jamaicano lleva una estrella dentro. Él se pregunta si estará a la altura, si podrá alcanzar una medalla para Jamaica, Si hará honor a su apodo: el relámpago. Días después, la respuesta a sus dudas acaba siendo demasiado dura: cae eliminado en la primera ronda de los 200 metros lisos. Lesiones, indisciplina, moral frágil, inexperiencia. Bolt regresa a su país con la cabeza bien baja, sabiendo que ha decepcionado a quienes confiaban en él. Hay quien le considera un fracasado y quien llega a reírse de él en su barrio. Usain Bolt odia su lugar en el mundo. Debe reconstruirse. Volver a empezar. Combatir sus demonios. Cambiar. Alguien le susurra al oído uno de los lemas de vida de Bob Marley, el mito inmortal de la isla: 'No tengas miedo a los cambios. Cosas buenas se van para que mejores puedan venir'.

Suena el teléfono en casa de Glen Mills. Al otro lado del aparato está Usain Bolt. Necesita un entrenador, alguien que le haga recapacitar, que le meta en cintura, que consiga sacar lo mejor de él, que se preocupe por pulir un diamante en bruto que es más bruto que diamante. Mills acepta la oferta y en su primer encuentro le transmite la primera lección para empezar a cambiar: 'Si quieres ser el mejor, compórtate como el mejor'. Al Bolt atleta lo esculpe a base de látigo, de exigencia, en un durísimo régimen de entrenamientos y sesiones interminables de gimnasio. Al Bolt niño lo madura, gradualmente, sustituyendo el palo por el cariño. Disciplina en la pista, alegría fuera de ella. Bolt se convierte en una bestia insaciable en el tartán y Usain, en un chico extrovertido, cuya felicidad pasa por la música, por el hip-hop o el dance-hall, ese estilo emergente que hace furor en las calles de Jamaica, la cuna del reggae gracias a Marley. Horas de trabajo y horas de diversión. Sacrificio en la pista, alborozo fuera del atletismo. La sonrisa de un niño como corazón de un gigante con una carrocería de músculos de acero.

Sólo a través de esa mezcla sería posible disfrutar el mejor Usain Bolt, alguien capaz de levantarse a las seis de la mañana durante años y que, una vez concluido cada entrenamiento, es capaz de comerse tres docenas de nuggets de pollo.  Los resultados son espectaculares: Bolt bate el récord del mundo en Nueva York y destroza todas las previsiones en los Juegos de Pekín, consiguiendo tres récords mundiales: el de 100m (9,69), el de 200m (19,30) y el de 4x100m relevos (37,10). Al año siguiente, el relámpago resuena aún más fuerte, batiendo sus propios récords (9,58 y 19,19) en el Mundial de Berlín. Usain Bolt, que llegó a los Juegos de Pekín con grandes marcas pero siendo apenas un atleta anónimo, alcanza la gloria y el reconocimiento que siempre había soñado. Es el orgullo de Jamaica: los vecinos ya no se ríen de él  sino que le piden autógrafos. Nadie, jamás, corrió tan rápido. Y nadie, jamás, fue capaz de llevar el espíritu de Bob Marley a una pista de atletismo. Bolt sí: 'La vida es demasiado corta. Rompe las reglas, perdona rápido, besa lento, ama de verdad, diviértete sin control y nunca dejes de reír'.

Londres. Con permiso del hombre-pez por excelencia, Michael Phelps, el mundo intuye que serán los Juegos de Usain Bolt. Quiere ser leyenda y nada mejor que lograrlo mejorando sus propios registros. Hay dudas sobre él. No llega en su mejor momento, ha sido batido por su compatriota, Yohan La bestia Blake, y existe cierto pesimismo a la hora de si realmente sigue siendo tan competitivo como en Pekín. Los expertos recelan. Los jamaicanos no. La hija de Bob Marley, Cedella, diseña el uniforme de Bolt en Londres. Eso será suficiente para prolongar el espíritu de una nación. Bolt se siente orgulloso: 'Será una inspiración correr en Londres con tanta buena energía rodeándome'. No se equivoca. El bólido de casi dos metros vuelve a acaparar los flashes. Él en sí mismo es un puro show. En la final más rápida de todos los tiempos, el relámpago resuena con más fuerza que nunca. Música motivadora, retahíla de gestos para la prensa, su particular ritual sagrado antes de competir, máxima concentración y búsqueda de la respiración adecuada. Después, descarga una tormenta de sensaciones, una explosión de 9,63 segundos. Nuevo récord olímpico. Medalla de oro, por delante de balas humanas como su compatriota Yohan Blake o el norteamericano Justin Gatlin, que le precedían en los primeros metros de carrera.

Otra vez Bolt, que podría ampliar su hazaña si también gana en los 200 metros. Otra vez desafiando las leyes de la biología gracias a sus kilométricas piernas y su potente zancada. Otra vez el mundo a los pies de un jamaicano extrovertido, que se autoproclama de manera constante, capaz de interrumpir a una reportera para guardar respeto por el himno de Estados Unidos, en honor al triunfo de Sanya Richards. Esta vez no devoró nuggets de pollo antes de la final, pero volvió a demostrar que la distancia más corta entre dos personas siempre es una sonrisa. La suya es enorme, eterna. La de un niño grande que corre como vive. Que festeja la vida, que ama lo que hace. Bob Marley dijo en una ocasión que los hombres no deben olvidar ni su historia ni su destino. Usain Bolt, embajador universal y transmisor de esa energía en el deporte, está cumpliendo esa máxima. No olvida su historia y escribe su propio destino. Ese es el secreto de Usain. La sonrisa de Bolt Marley.

Rubén Uría / Eurosport

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