Rubén Uría

Con Tito en el corazón y Pep en la cabeza

Si a este equipo tenía una asignatura pendiente en forma de remontada, superó esa reválida con sobresaliente. El Barça culminó su tarea sin traicionar su estilo. Presionó en los primeros minutos con la intensidad de la época de Guardiola, trató bien la pelota como durante la última década, encontró pasillos interiores, pensó siempre en el mejor modo de atacar e incluso vivió cierta agonía en el tramo final, con el depósito de gasolina vacío y el Milán saliendo de la cueva. Abrazado a su naturaleza, con estética y más vigor del demostrado en los últimos tiempos, el Barça abrochó una noche fantástica a costa de un Milán que compitió por encima de sus posibilidades en la ida y en la vuelta. Fue una noche mágica, con la emoción del trance, con la incertidumbre del marcador, el fuego de las ocasiones y héroes en forma de nombres propios. Una noche de fútbol. De esas en las que, en cuestión de segundos, se pasa del descenso de los infiernos (Niang, al poste), a ascender al Reino de los Cielos (Messi, sin piedad). De esas noches que permanecen en la memoria de los aficionados, de esos que disfrutan del buen fútbol y no sólo de su equipo. Aún quedan.

Desconcertado en sus últimos encuentros, el Barça presentaba síntomas de aluminosis. Había grietas, se adivinaban fisuras. En la idea de cómo jugar, no. Los trompeteros del fin de ciclo estaban deseando gritar al viento que este Barça se había despeñado. El entorno del club, siempre lesivo, reclamó todo aquello para lo que este Barça no está programado: enchufarse a la épica y tirar de adrenalina. Cambiar de caballo en mitad del río. A esos sarpullidos resultadistas respondió el orfeón azulgrana con entereza. No con palabras, sino con hechos: autocrítica, solidaridad y regreso a las esencias. La misión consistía en golear a un equipo con siete Copas de Europa. Un equipo organizado, físico, disciplinado y con sangre en el ojo. Un equipo que hizo las delicias de los telepredicadores del apocalipsis en la ida y al que ahora recibirá trato de comparsa en la vuelta. El Barça dio vuelta a todo eso desde la frialdad emocional, desde una intensidad contenida, y sin traicionarse a sí mismo, aún cuando tenía pie y medio en el abismo. Resolvió el pleito abrazado su idea de fútbol: atacar más y mejor. Con Tito en el corazón y con Guardiola en la cabeza. Con todo.

Con liturgia de final y sensación de escalar un ocho mil en noventa minutos, el Barça habló donde tenía que hacerlo, en el campo. El cielo se le había caído y tenía que responder. Lo hizo amparado en esa presión voraz de época de Guardiola, robando cerca del área rival. Con fuego interior, pero sin tremendismo.  Messi, ese que dicen cada dos semanas que está acabado, volvió a elevarse sobre el resto para ser decisivo. Fue una amenaza constante, reencontró su puntería y salió ileso del bosque de piernas milanistas que le acechaba. Otra vez, diez de dieces. A esa fiesta se sumó Iniesta, omnipresente, tanto para jugar la pelota como para recuperarla. Esa Santísima Trinidad la completó Xavi, aún mermado, que fue el centro de gravedad del juego de posición del equipo. Al trío de tenores se unió Busquets, el equilibrio, siempre sin ruido, siempre eficaz. Contribuyó Villa, que vacunó, liberó a Messi y demostró a sus críticos que aún no está para homenajes, sino para seguir sumando. Alves volvió a ser Alves, Piqué fue de menos a más y Mascherano – que cometió un error grosero- fue un monumento a la agresividad, un baluarte. La guinda la puso Jordi Alba, San Jordi, que evitó un gol cantado del Milán y culminó su partido homérico rubricando un contragolpe de manual, al estilo de Cristiano Ronaldo, pleno en velocidad y vértigo.

Con Tito en el corazón y Guardiola en la cabeza, este Barça supo enmendar sus errores y no traicionó su estilo. Ese de tocar, de apoyarse, de combinar. Ese que a muchos les aburre si la camiseta es azulgrana y les entusiasma si la camiseta es roja. Ese estilo de juego, cuya influencia ha sido indiscutible para que España conquistase dos Eurocopas y un Mundial. Ese estilo de juego que ha girado la historia del Barcelona, enterrando los complejos del pesimismo atávico culé. Ese estilo que no es el único, porque a fútbol se puede jugar de muchos modos y maneras, todas legítimas, pero que es con el que más ha ganado este Barça y también España. Ese estilo de juego que respetan y admiran muchos aficionados,  a los que les gusta el fútbol, no sólo su equipo. Que todavía, gracias a Dios, existen.

Rubén Uría / Eurosport

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