Rubén Uría

Las venas de Sergio Ramos

El Real Madrid esta vez no fue un cable pelado. Mejoró levemente su imagen y solventó, sin alardes, un partido sin chispa. Fue un Madrid sin vuelo y sin brillo, pero fue capaz de mantener la compostura y de mejorar su disposición en el campo. Vallecas, escenario incómodo de cuando en cuando, no lo fue esta vez. Quizá porque el Madrid, sin desplegar su mejor fútbol, supo controlar siempre un partido sin historia. Dos puñetazos puntuales le bastaron para resolver el pleito: el primero llegó después de que Di María enhebrase un pase magistral para que Benzema embocase; el segundo llegó tras una mano infantil dentro del área local, que Cristiano convirtió desde los once metros. El Rayo, con más posesión que colmillo retorcido, nunca inquietó. Apenas gozó de un par de ocasiones: Alonso frustró un gol sobre la línea y Arbeloa amagó con un hara-kiri en forma de cesión que nadie supo aprovechar. Mucho lastre para un Rayo presa de un apagón. Esta vez no fue por un sabotaje externo, sino por su inocencia extrema. El Madrid, superior a pesar de no gobernar el balón, cumplió llevándose un botín de tres puntos. Obligado a jugar con un ojo puesto en el césped y el otro en la clasificación, el Madrid no podía fallar. No lo hizo.

A falta de fútbol de altura, lo más atractivo ocurrió en los micrófonos. Reza el adagio que, en las monarquías parlamentarias, los reyes deben reinar, pero no gobernar. Es más,  tienen que representar por igual a todos los ciudadanos porque, de lo contrario, pueden enajenarse ellos mismos. En el caso del Real Madrid existe un régimen deportivo propio de una monarquía absolutista, en la que el entrenador reina y también gobierna. No está ni bien, ni mal. Pero es así. En ese escenario, Sergio Ramos, que jamás ha renegado de su rey en público, gobierne para todos o sólo para unos pocos, demostró su madurez. Le preguntaron por su inesperada suplencia. Esa que su entrenador justifica por criterios deportivos y que entienden que responde a desaveniencias personales. Ramos, que hace un año declaraba que pondría la mano en el fuego por Mou porque él haría lo mismo por él, empleó las palabras precisas: "Estoy contento por volver al once. No sé si mi suplencia fue un castigo, eso no me lo tenéis que preguntar a mi, pero las cosas de familia se resuelven de puertas para adentro'.

Su reflexión, eludiendo una cuestión para la que no debe tener respuesta, no será aplaudida por los corifeos de la santa infabilidad. Sin embargo, Ramos entiende el Madrid como su familia. Y salvo mejor opinión, eso es madridismo.  Al menos, en otro tiempo, eso era madridismo. A ese compromiso incuestionable del que unos ahora sospechan, Ramos añadió un ingrediente más. Al contrario que otro compañero que convoca a los periodistas para airear su tristeza, Sergio dijo que la lavandería ideal para lavar los trapos sucios es el vestuario. De puertas para adentro, como mandan los cánones. Sin posturas de niño caprichoso, sin provocar innecesarios incendios domésticos. Así actúa un capitán de verdad: siendo un jugador que siente la camiseta que defiende, respetando el principio de autoridad de su entrenador y siendo estrictamente leal al club que le paga. Para desgracia de badulaques mediáticos y ultrillas de poca monta, Ramos no mide su amor al Real Madrid por el número de ceros de su cuenta corriente. Él lo lleva en las venas.

Rubén Uría / Eurosport

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