Rubén Uría

El viaje de lo que se dijo a lo que pasó

Se dijo que Sergio Ramos y Gerard Piqué mantenían un desencuentro personal que podría ser lapidario para España.  El primero respondió firmando un torneo imperial, apoyado en un físico descomunal y una personalidad todavía mayor. El segundo zanjó la cuestión regenerándose para demostrar que es un central con alma de delantero.  Menos mal que ambos se llevaban a matar. Se dijo que el lateral zurdo de la selección era el talón de Aquiles del grupo y que la apuesta por Jordi Alba era una moneda al aire con evidente riesgo, porque atacaba con clase pero dejaba demasiados agujeros a su espalda. Alba, el Usain Bolt de Hospitalet de Llobregat, dio la razón al seleccionador rubricando un torneo de época, donde rindió a un nivel estratosférico, que le colocó en el once ideal del campeonato. Se dijo que la alineación de Álvaro Arbeloa era un capricho personal del seleccionador, que ponía en peligro el triunfo final en el torneo y que era un jugador que no estaba a la altura de vestir esa camiseta. Arbeloa, con una fe ilimitada, sólo se escuchó a sí mismo y demostró que, por carácter, bien podría haber nacido en un barrio de Esparta. Se dijo que el doble pivote sería nocivo para España por la duplicidad de roles entre Busquets y Xabi Alonso. Su respuesta fue contundente: el pulpo de Badía robó, quitó y administró la pelota con sus alargados tentáculos. Y el de Tolosa no se limitó a complementar, sino que se multiplicó para alternar, defensa y ataque, con tanto orden como eficacia.

Quien esto escribe dijo que la no convocatoria de Adrián era un grave error de Del Bosque, que podría pasar factura. Craso error. Esta España ha demostrado que esa ausencia no fue decisiva, que el grupo ha tenido recursos para paliar la baja de Villa y que esta selección ha sido la más goleadora del campeonato. Se dijo que Fernando Torres era un auténtico bluff, un delantero con escopeta de corcho, un lastre que llevaba toda una vida viviendo del gol de Viena.  Muchos abrieron bocas y él las tapó de manera ejemplar:  trabajo sin recompensa ante Italia, doblete ante Irlanda,  gol en la final , Bota de Oro y un detalle final de ausencia de ego, al regalarle un tanto a Mata. Se dijo que Fàbregas había fracasado como falso nueve, que se arrugaba en los partidos clave y que el nueve mentiroso no era un recurso útil, al ser identificado con un recurso del sistema de juego del Barça.  Cesc respondió con entereza, anotando otro penalti decisivo en el rumbo de la historia, reclamando su protagonismo y firmando una final apoteósica. Se dijo que Xavi Hernández no debía ser titular en la final por intrascendente, por esa querencia innata que tiene la opinión pública de sospechar hasta de las reputaciones más intachables. La computadora de España, la metáfora de una selección legendaria, respondió siendo más trascendente que nunca, componiendo su enésima sinfonía en la final, siendo el centro neurálgico de España.

Se dijo que Vicente Del Bosque no daba una a derechas, que estaba administrando mal los recursos del equipo, que no encontraba soluciones a los cerrojazos de los rivales y que sus supuestos experimentos con gaseosa eran perniciosos. Vicente respondió con naturalidad, con serenidad, con acierto en cada cambio y con su enésima demostración de que es bueno ser importante, pero mucho más importante es ser bueno.  Se dijo, con profusión en el encabalgamiento,  que esta España aburría, que la posesión respondía a una debilidad del equipo. A un síntoma inequívoco de decadencia, porque la presunta obligación de este equipo era golear a cada rival, como si los partidos se disputaran ante jugadores de futbolín inanimados, que permanecerían inmóviles y no dificultarían a quien iba a ganar el título sin bajar del autobús.  Esta España, menos veloz y más trabada por los obstáculos tácticos de los rivales, respondió con madurez,  superando una preparación infame, regateando excusas como el cansancio y manejando registros de campeón, con estilo y competitividad extrema. Se dijo, se escuchó, se escribió tanto debate y tanto cuento chino sobre morir de éxito, que después del triunfo de la mejor España de todos los tiempos, los profetas del aburrimiento han torcido el gesto. Los inquisidores que tenían la piel dura como el elefante, que rebasaron la línea del gusto futbolístico y de la discrepancia táctica para abrazar el tiro al blanco y la zafiedad, ahora se han convertido en ursulinas de piel fina. En el desagradable pero necesario viaje de lo que se dijo a lo que pasó,  los acusadores ahora se sienten acusados y se sienten incómodos al verse retratados.  En cualquier caso, no importa.

En este triunfo de la selección española, por histórico y por inapelable, caben todos.  Los que se emocionaron, los que creyeron desde el principio, los que se sumaron a última hora, los que discreparon con buen gusto y los que hicieron bandera del aburrimiento en aras de la audiencia. El carro de gloria es tan gigantesco, que ahora podrán subirse todos.  Sin distinción entre buenos y malos, ni entre los que siempre creyeron y los que dudaron.  Sin un cordón sanitario hacia los que repartieron cera, ni con premio extra a los que jamás renunciaron al estilo de este equipo, ni siquiera con aquellos que, a pesar de los pesares,  repetirán críticas cuando comience el Mundial de Brasil en 2014. Ahora bien, aceptado barco como animal acuático, sabiendo que los campeonatos los ganan los futbolistas y no los periodistas,  convendría reflexionar y ponderar gran parte de los debates de cara al futuro . Reconocer errores es un signo de inteligencia. Enrocarse en ellos, viajar hacia ninguna parte. Porque este particular viaje sobre lo que se dijo y lo que pasó,  que incomoda a los que antes criticaron y ahora tienen la piel fina, arroja una moraleja definitiva: cuando señales con el dedo, recuerda que otros tres te señalan a ti.

Rubén Uría / Eurosport

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