Voces desde Londres

Con la acreditación, o lo eres todo o no eres nada

Soy consciente de la expectación que crean las medallas. Quizás para los espectadores conseguir una medalla sea motivo de un día de alegría, o de dos, o de un mes, o para los más amantes perdura en el tiempo. Pero para una gran mayoría luego cae en el olvido, hasta la próxima gran cita cuatro años después. Me atrevo a decir que a algunos deportistas una medalla de oro no les ha solucionado sus vidas. Sabemos que el número de medallas logradas en Barcelona fueron 22, incluso en los últimos Juegos de Pekín, donde fueron 18,  pero... ¿Qué pasa con los nombres y apellidos? No me parece justo que la mayor atracción y motivo de muchas bromas sea el medallero. Ni siquiera cuando hemos vuelto cargados de metales no recordamos ni sus nombres.

Por eso este post va dedicado a esas cosas que marcan a un deportista, a pequeños detalles que giran en torno a unos Juegos Olímpicos, que no son las medallas.

A mí me marcó mi primer maillot de nata y fresa que mi madre me confeccionó cuando compró una tela blanca y rosa; y como no, el maillot con el que me retiré. Un Ave Fénix en el pecho, porque así era como me definía mi abuelo, me acompaño hasta ese momento donde bese el tapiz en mi retirada. Las punteras con las que he competido en cada una de las finales enmarcadas, decoran los pasillos de la casa de mis padres y cada vez que las veo me recuerdan todos los giros que he dado en mi vida deportiva y todos los que me quedan por dar en mi nueva etapa.

¡La acreditación! Hay tanto que contar sobre la acreditación...

Nunca me hubiera imaginado que tuviera tanta importancia si no hubiese vivido unos JJOO. Es la llave que lo abre todo... La Villa olímpica, el pabellón de entrenamientos, el de competición, incluso la aceptación y los ánimos de los ciudadanos si tienes la suerte de pasear por las calles de la ciudad anfitriona.

Además, la competición se convierte en una de las cosas más importantes cada vez que das un paso. Ya puedes ser una de las expectaciones de los JJOO como Usaint Bolt, o Phelphs, que como extravíes u olvides la acreditación... ¡estás perdido!

Este cartelito se convierte en uno de los protagonistas, sobre todo por la foto. Es lo primero que hacemos todos, ver si salimos bien, y si no es así, basta con darle la vuelta y enseñarla solo a los de seguridad.  Nunca sale tu mejor foto pero si a eso le añadimos que no nos dejan sonreír, el resultado es este careto.

Ahora entiendo porque les llaman a las cabinas de fotos "fotomatón". Ya sea como comentarista, deportista, entrenador, médico o voluntario cualquiera diría que nos sentimos felices de estar allí. Ha sido motivo de muchas coñas en mi tweeter como: "al buen tiempo mala cara", "lo que nos faltaba, eso lo ha mandado uno que padece de estreñimiento"... incluso que apareciera mi foto tamaño DNI  en el telediario de una cadena, que si hubiera estado sin volumen, parecería que estaba en la  rueda de reconocimiento.

Pero, ¡aún hay más! La delegación española siempre reparte un puñado de pins para intercambiar con otros países y la cinta que rodea el cuello de quienes la llevan, a medida que transcurren los JJOO, se convierte en un objeto de negociación: "que si el pin ruso lo tengo, que si el de Bulgaria no, que si el de los americanos está muy currado, que si el nuestro es pequeñito" (pero que luego todos lo quieren) - y terminas los Juegos con una acreditación más pesada que la mochila.

¿Y si os dijera que la acreditación tiene más valor que un pasaporte? Pues sí. Tras finalizar mis últimos Juegos, decidí quedarme unas semanas más en Pekín, y como sabía que iba a volver cargada de compras, porque allí todo era muy barato, mandé mi maleta con mis compañeras de vuelta a  España y así me ahorraba el sobrepeso. Después de realizar todo el turismo que durante los juegos no pude permitirme y al preparar el equipaje de vuelta, me di cuenta que mi pasaporte volvió con mis compañeras en mi maleta en lugar de quedarse conmigo. Así que con este panorama me presenté a las 8 de la mañana en la embajada de España en Pekín pensando en un plan B. Mi sorpresa fue que después de varias gestiones mi acreditación olímpica me permitió llegar a tiempo 20 minutos antes de que cerraran el vuelo.

En fin... Hoy  he vuelto colgarme la acreditación de Pekín en el cuello, como si de una medalla se tratara, he recordado momentos que tenía olvidados, los que os he contado... He vuelto a escuchar el sonido que tiene mientras choca en el pecho recordando cada paso que daba hacia la competición, hacia mi retirada... y confieso que me ha conmovido... No pensé que un trozo de plástico guardara tantos recuerdos.

Almudena Cid

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