Nadal conquista Roland Garros y devora al mito

Rafa Nadal se impone a Novak Djokovic en la final de Roland Garros por 6-4, 6-3, 2-6 y 7-5 y alcanza su séptimo título en el Grand Slam francés.

Su melena rubia hace tiempo que es un lustrosa pelambrera gris, pero sus ojos azules todavía esconden el orgullo vikingo del tenista de hielo. Del hombre récord. A Borg le gustaba golpear un metro por encima de la cinta, con un golpe liftado que se enroscada en el aire y lanzaba a los adversarios contra la valla publicitaria. Incansable y metódico, fue un portento físico y táctico capaz de ganar Roland Garros en seis ocasiones. Un hito que le convirtió en mito. Y entonces, llegó Nadal para ganar siete.

Rafa Nadal en letras mayúsculas y con 11 títulos de Grand Slams, tras los 16 de Roger Federer, los 14 de Pete Sampras y a la altura de los grandes de la era amateur: Roy Emerson(12) y  Rod Laver (11). Este nuevo título le convierte en el mejor jugador de la historia sobre tierra batida. Si todavía quedaba alguna duda: aquí está la prueba definitiva.

Nadal había firmado hasta la final un torneo impecable: de rodillas cayeron Bolelli, Istomin, Schwank, Mónaco, Almagro y Ferrer. Todos ellos derribados por K.O., en tres sets y a manos de un jugador que es una bestia. Literal. Inaccesible, inabordable e intratable. Nada ni nadie puede con este Nadal cuando la tierra batida acaricia sus pies: como un guerrero hambriento que acuchilla al enemigo, como el gladiador al que le hierve la sangre ante los nuevos retos: sólo así se entiende como devoró al número uno del mundo. A su bestia negra. A ese tenista que llegó a hacerle dudar de sí mismo y que le obligó a cambiar muchos de sus mecanismos de juego.

Al serbio lo desangró en tres mangas, tras domar a la lluvia, a las interrupciones y al público francés: esa grada que nunca tuvo un guiño hacia el mejor tenista que ha conocido la Philippe Chatrier. Qué pena que el público galo no sepa ver más allá de una bandera. Quizá porque el balear (7), Bruguera (2), Santana (2), Gimeno, Moyà, Ferrero y Costa han hecho que España sea el país con más entorchados en París (15 títulos). Quizá porque tenistas españoles han jugado 14 de las últimas 20 finales: 12 las han ganado. Quizá, pero es que  'Çe la vi mon ami’

El español salió al abordaje, penalizando la inconsistencia de su rival en el arranque del partido (3-0) y marcando el duelo con el patrón de juego que tan buen resultado le dio en sus dos últimas finales (Roma y Montecarlo). El serbio entró y salió de una primera manga que acabó cediendo con una doble falta. A latigazos se mantuvo Djokovic en el segundo set, pero errático y nervioso, una situación que acabó pagando con su raqueta en varias ocasiones. Con 5-3 y Nadal al servicio para ganar la segunda manga, la lluvia llegó como una bendición para Novak.

Someter al runrún de la remontada del balcánico no fue nada fácil. Djokovic le había ganado en ocho de sus últimos diez enfrentamientos. No es casualidad. Las casualidades no existen. Tras la reanudación el serbio mordió con todo y dinamitó cada punto, cada juego, hasta que se apuntó la tercera manga firmando seis juegos de modo consecutivo y cambiándole la cara al partido. Nadal estaba con dudas y quejoso de unas condiciones climatológicas que habían transformado las pelotas en unas bolas de acero ingobernables. Y la lluvia volvió, pero esta vez para salvar a Nadal que ya perdía 2-1 en la cuarta manga.

El lunes, con la lluvia amenazante una vez más, vio la mejor versión de Nadal, que recuperó el break perdido para acabar imponiéndose tras una doble falta con la que Djokovic entregó el partido ante un tenista que hoy puso el punto y final al mito de Bjorn Borg. Una de esas leyendas con canas y arrugas que se dejan ver aquí y allá, buscando en la pista a su némesis. A su igual. A ese tenista que les haga soñar, aunque a veces les recuerde que los récords tienen un principio y un final.