Mo Farah, gloria de ébano

Dos oros olímpicos adornan el cuello de un fondista menudo como el granizo y ligero como una pluma. Le tomó su tiempo ser el mejor, pero ya nadie mira sino su nuca cuando atruena la campana de la última vuelta.

Vino de Somalia con 8 años a encontrarse con su padre en Londres. Mohamed Farah era la baya dorada de unas fecundas vacaciones de su padre en el país africano; el vientre de su madre podía dar fe de ello. Su padre lo esperaba en Londres para darle la vida que debía tener. En el minuto cuatro de partido los avezados londinenses advirtieron las extraordinarias cualidades del niño Mohamed. Soñaba con ser hipersónico extremo diestro en el Arsenal de George Graham, pero el profe de gimnasia supo ver el filón atlético. Cuando empezó en el cross, el barro se le apartaba de sus pies como una señal de la providencia. Destacó desde temprano pero tuvo que trabajar muy duro durante años para destacar en la élite de las medias distancias. Cuando conquistó el subcampeonato de Europa en 2005 y superó la plusmarca del 5.000 de Gran Bretaña, Farah estaba listo para rondar la élite con suavidad y paciencia.

Explosión retardada

Noqueado por sorpresa en Pekín cuando ni siquiera entró en la final, Farah no se arredró aunque su progresión de resultados resultara lenta comparada con sus horizontes. En 2009 los entrenamientos en altitud en Kenya y Etiopía comenzaron a dar resultados serios. Farah se proclamó mejor europeo indoor en Turín. Aunque en el Mundial de Berlín su séptimo puesto ni siquiera mejorara el sexto de Osaka’07, la progresión de Mo parecía imparable si todo seguía su curso normal. Y lo siguió. Ganó 5.000 y 10.000 en el Europeo de 2010, donde por primera vez se probaba en serio en los 10 kilómetros. Conquistado el continente, estuvo a punto de hacer lo propio al año siguiente en los Mundiales de Daegu, pero Farah ‘sólo’ pudo ser segundo detrás del todopoderoso Bekele. Era evidente que la próxima estación eran los Juegos Olímpicos en su hogar de adopción, Londres, Reino Unido, justo al año siguiente, y que esos Juegos debían ver la última estación de su crecimiento. Llevaba desde 2011 viviendo en Portland, donde se entrenaba bajo las órdenes de Alberto Salazar junto a su amigo Galen Rupp. Era la última vuelta de tuerca de su ambiciosa preparación.

En su casa del estadio de Stratford, Mo Farah se arremangó los puños de la camisa y puso los pies encima de la mesa. Estaba cómodo y se notaba. Se le esperaba y no le importó. Ganó a las bravas dos carreras lentas que exigieron estampidas de verdadera calidad contra galgos más rápidos y experimentados. Tocó Oro en 5.000 y 10.000 –hito privado de dioses como Zatopek o Viren- y se consagró por fin como la sensación del fondo mundial con 29 años. Corrió con el turbo de siempre, con ese sprint concienzudo en la última recta en la que enseña los dientes y parece que sonríe, como Indurain cuando volaba en las cronos francesas sin mover un músculo sobre la cabra. Se apropió de unas distancias nada fértiles por la ascendente durante años de atletas superdotados como Bekele y Lagat.

Maratón

Mo Farah fue la sensación local de un último día atlético en Londres en el que el público británico enloqueció una vez más. Ni uno sólo de ellos dejó de conectar con un atleta venido de ultramar pero perfectamente depositario por vía de asimilación de los valores anglosajones. La mayoría de esos seguidores sólo verán por la tele el empeño de Farah en ser también el mejor sobre la distancia magna de los 42 kilómetros, algo que no consiguió su compatriota Paula Radcliffe por más que lo intentó. En 2016 la arena de Río se tornará ébano si Mohamed Farah consigue ser el Filípides de Somalia.