Baloncesto - Naciones Unidas Pau Gasol

Gasol vuelve a estar a la cabeza de UNA selección que ha logrado su segunda final olímpica. En su última gran cita Pau figura tan incorruptible como siempre, impoluto ante el mundo que le mira

En Londres está la última gran foto del chico maravilla del baloncesto español. Gasol se cuadra aseado y es imposible afearle ni el pelo revuelto. Gana y da las gracias por ganar como pidiendo permiso. Sonríe. Descuenta los últimos episodios de su apolínea carrera. Se cuadra intachable. Blando, sobrevalorado o lo que sea, pero no se inventaron palabras para mentarle la madre.

En el otoño de 2010, Phil Jackson caló a Gasol en un par de frases de pretemporada. “Pau estuvo jugando con niños en la India este verano. ¿Quién es, el embajador del mundo, el Señor Paz? Quizá debería poner en marcha las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos”. Las razones del Maestro Zen son inescrutables y su sarcasmo muerde como el hambre. Aunque Gasol se echara cigarritos furtivos con Navarro y se dejara barba grizzlie-bear, los detalles no deben distraer de lo más importante: no existe yerno mejor para una hija. Por si no bastara con la excelencia deportiva, Gasol es un espejo de virtudes públicas. Casi ofende: proyecto de doctor, habla lenguas, toca el piano, lee, desarrolla proyectos humanitarios, y por supuesto, practica deporte como los ángeles. Sergio Scariolo dijo de él que era el vademécum del deportista de élite; el italiano expresó con finas palabras un clamor bastante más grueso. La casa de Gasol se antoja Nueva York y no Sant Boi ni California, por mucho que ahora la ONU no tenga la reputación diplomática de antaño. Del mismo modo parece cuestión de tiempo que Gasol visite Estocolmo para empatar con Obama en galardones pacifistas, mientras los dos siguen jugando al baloncesto retándose entre ellos sobre quién es mejor marca de sí mismo.

Credenciales

El expediente de Gasol dice: Oro mundial, Oro Europeo, NBA dos veces -que para un español es como coger un taxi hasta Marte- y Plata Olímpica, por lo pronto. El palmarés es tan impresionante como inverosímil, un jardín amarillo de deslumbrantes trofeos. Y por si fuera poco, Pau lo ha conseguido sin poner los codos en la mesa. Ha puesto el mundo a sus pies con una imagen inmaculada de integridad que no puede resultar más distinta e ingenua al lado de la pornografía diaria de nuestro patio de vecinos. Ocurre lo mismo con Rafa Nadal: verlos comparecer deja un cuerpo tranquilísimo, una armonía de espíritu que te reconcilia con nuestras esquivas virtudes.

Por más torcidos que hayan sido los renglones de Londres, España ha cumplido los objetivos y Pau ha estado a la cabeza. Cualquier descrédito a la imagen de la Generación de Oro -Lisboa contempla, Brasil escruta- ha quedado plenamente enjugada por la realidad deportiva: están en la final. En adelante sólo quedará morir de la forma más honorable posible, completando el cuadro heroico que se espera de ellos y dejando la mejor instantánea para la posteridad. De Gasol siempre se sospechará que manda más que el presi Sáez y Alejandro Blanco juntos, que es un lobo con piel de cordero y todo eso, pero el acusado es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Y bueno: hasta el chico más ejemplar tiene zonas tenues si ha quemado las suficientes etapas, si ha llegado lo suficientemente alto. Esto es común a todos los hombres y a todas las épocas. En todo caso Gasol sigue siendo un canon viviente, aunque su corrección política, por suerte, resulte tan edificante como aburrida. Cuando se retire no quedará embajada ni causa justa sin un balón de baloncesto en la solapa.