Navarro, guitarra solista desafinada

Que Pau Gasol es la voz de la selección española es un hecho que nadie discute. Cuando se plantea alguna duda al respecto, los dos anillos amarillos se ponen sobre la mesa y pesan como el titanio. Y los años. Y el liderazgo indiscutible, la repartición de los pesos y las responsabilidades.

Pero en una selección tan coral como la española, los acompañantes son igual de importantes. El mejor escudero de Pau de siempre, Juan Carlos Navarro, ya no saca las notas que solía porque sus pies no se lo permiten. Y eso es un déficit musical más que notable para el equipo en el que juegue, para la banda en la que toque.

Allí donde Pau estaba también iba Navarro. Aunque en 2001 la NBA se interpusiera entre los dos, el encuentro veraniego con la Selección era una actualización anual del matrimonio, amor estival de hotel. Se ponían al día y se contaban sus cosas. Se querían. Pero la importancia de Navarro era algo que iba más allá de su sociedad particular. Todos lo sabían. Sin el escolta de San Feliu no se entiende la singladura victoriosa de los españoles en los últimos cinco, diez años. Los partidos fastuosos de Navarro vestido de rojo son más de una veintena, muchos de ellos responsables de medalla.

El verano pasado en semifinales del Europeo contra Macedonia, Juanqui hizo 35 puntos y dejó una sensación de ser el mismísimo Alejandro. A nadie le sorprendió en absoluto. El partido-espejo de aquella poderosa actuación fue el amistoso España-Estados Unidos del pasado 24 de Julio, once meses después. Navarro llegó justísimo de salud tras un año muy complicado con el Barcelona. Más peso, menos fino. La maldita fascitis plantar. Los pies quemándole los pasos. Al lado de la perfección atlética de los norteamericanos quedó más de relieve que nunca su carencia física. Lento. Dubitativo. Claramente limitado, apenas un torpe trabajador sudando entre ángeles musculosos. Mentira, claro: ése no es Navarro. Pero con todo, se fajó. Defendió líneas de pase como siempre. Engarzó algún triple. Intentó alguna bomba. Trataba de coger ritmo y confianza pero cuando la competición empezó en Londres todo se complicó más todavía. La salud se resintió sin remedio. Navarro causa baja ante Australia y quién sabe si en adelante seguirá faltando. Pau continuará siendo titán FIBA, bailarina en la pintura, pera esta vez será con la ausencia de su mejor socio de extrarradio.

EL MEJOR DESPUÉS DEL MEJOR

La bendición de una generación dorada se completa si sus dos máximos representantes comparten alcoba. En la complicidad de los dos mejores españoles de la historia jugando al baloncesto está buena parte de las explicaciones de la eclosión rojigualda. Que se sepa, ningún puñal en la villa del César.

A Navarro el pelo adolescente no parece haberle brindado suerte. La conocida capacidad de Juan Carlos para jugar con dolor ha sido un factor enmascarante de su delicada salud -sobre todo en los últimos años- que ha explotado sin remedio este curso. Viene de lejos arrastrando penalidades. En su espectacularidad de escolta purasangre está, probablemente, la explicación de sus quebrantos físicos, como un astro que combustiona más allá de su velocidad de translación. Club y Selección han vivido durante un lustro en la estela del talento de Navarro pero ahora tendrán que administrarle con penurias. En el Barça, capitano tras volverse de su peculiar aventura americana. Y en España mejor tras el mejor, guitarra principal tras el vocalista y líder, Pau Gasol. Nunca pareció importarle demasiado, pero ahora no puede rendir, quizá ni siquiera jugar. Ni rastro de la centella hasta nueva orden. La duda es cuánto costará volver a afinarlo y si podrá dar alguna nota de verdadera calidad en estos Juegos. En todo caso, ¿qué será de la subcampeona olímpica sin su solista más genuino? En ausencia de George Harrison, más balones a John Lennon.

Carlos Zúmer Pérez