Tres años después, Del Potro

Vertido el esperma de Tandil en la espuma del Río de la Plata, vino a nacer un tenista de seis pies y medio con el coraje entre los brazos.

Más alto que sus pares. Más delgado que sus pares. También, más talentoso que sus pares. Raro, desgarbado. Soltaba el brazo con su derecha y todos los chiquillos se echaban a temblar. Del Potro jugaba con el ímpetu de las estaciones y la extrañeza de la naturaleza.

A edad temprana Juan Martín se doctoró en Estados Unidos. Con 20 años burló las apuestas y se impuso a Federer en la final de Flushing Meadows, rompiendo una hegemonía de cinco años seguidos del jugador suizo. ¿Pero quién era exactamente ese gigante de dos metros resistente como la roca? Hasta la irrupción en ese US Open, año 2009, Del Potro prometía muchísimo agitando el Top10 con frecuencia. A nadie se le escapaba que era un jugador diferente, con un talento realmente especial, pero nadie le daba verdadera chance para hacer cosquillas a los titanes del ranking. Llegó esta su primera victoria en Grand Slam, realmente muy precoz, y Juan Martín se proporcionó un billete a la élite que su cuerpo acabaría por cancelar. Marcado el techo del 4º del mundo, el calvario de lesiones y operaciones en 2010 arruinó su alumbramiento. Se tomó su tiempo para recuperarse. Reinventó su brillo a cámara lenta, redención con buena letra. Volvió de a poco e impacientó a una Argentina sedienta de Gaudios, Corias, Vilas. Se abalanzó silencioso sobre el Top20 y al tiempo se posó de vuelta entre las diez mejores raquetas del planeta. Todos sabían quién era él, Del Potro, muchos le recordaban, pero las cámaras no esperan a nadie y los focos no se casan tampoco. La élite no tiene memoria.

Renacimiento

La reaparición inevitable ocurrió en Londres, año 2012, al calor del escenario antológico de los Juegos Olímpicos. Del Potro se plantó en semifinales en el All England Club y de pronto volvió a existir a ojos de todo el mundo. Todo empezaba de nuevo, justo como tres años atrás. Ante Federer exhibió un coraje extraordinario y un portentoso tenis que llevó al suizo -reconquistado número 1- a necesitar cuatro horas y 19 juegos en el definitivo tercer set. Lloraba el derrotado Del Potro sobre su silla, a los pies del monacal Pascal Maria, por saber que había muerto a orillas del oro y la plata. Sabía bien que había jugado como no lo hacía desde hacía años, como de un tiempo a esta parte sólo hacía en sueños.

Al fin, 35 meses después, el talento del genio argentino quedó desparramado otra vez sobre la cancha. Estaba ahí de nuevo en su versión más romántica. Sobre todo, Del Potro es un jugador genial porque hace buena el aura solitaria del jugador de tenis. Callado, circunspecto, juega el partido en el pasto de su mundo interior. Insolente silencioso y golpeador furibundo, su tenis de fondo es atrevida trigonometría y su juego de red, a expensas de su envergadura, un auténtico milagro. Que Del Potro vuelva a porfiar como solía es una noticia tan buena como lo sería la explosión de Andy Murray, al que se espera en Londres desde que Tony Blair salió con los pies por delante de Downing Street. Ante el escocés o ante el serbio Djokovic, Delpo se jugará el bronce. La medalla es un reclama dulcísimo, un argumento de peso para recomponer el ánimo y dejar todo lo que resta, pero por encima de todo, por fin, Del Potro está de vuelta. Y eso es lo más importante.