Vinokourov, asfalto en la sangre

Sobre un cielo interminable se extiende un país de dimensiones monstruosas. Surca sus riscos y estepas un rubio ciclista platino de modales marciales. No le tocó servir al Régimen como chico de hierro del Imperio Soviético, pero heredó sus mismas formas dudosas.

Antes bien, fue ciclista celeste y dorado cuando Kazajistán ya era nación aparte. Llegó tarde: hasta los 25 no fue profesional.

Impresionó a todos desde joven por su brutalidad y su olfato en competición. Alexander Vinokourov se mostró desde siempre como un cazador implacable. Contra el reloj, un rodillo; cuesta arriba, una roca difícil de someter. Después del éxito temprano le sobrevino la gran polémica del doping y las otras hierbas, un circo envenenado que no logró bajarlo de la bicicleta.

Desde entonces nadie pudo fiarse del todo de uno de los ciclistas más simpáticos del pelotón, tan afable como sombrío en sus métodos y amistades. Pero Vino se honró a sí mismo. Cubiertos de polvo y de nieve, su rostro siberiano no quiso permanecer sin más en su país viviendo como un marajá, donde es tratado como un dios por el propio gobierno de la nación. Hombre de acción confeso, insistió en atacar allí donde corría. E insistió en seguir corriendo cuanto pudo.

En efecto, existió la tentación de decir que Vinokourov debió retirarse para siempre hacía tiempo. Su historial de tumbos desde 2006 así parecía recomendarlo. Sin embargo, el chico no terminaba de irse. Tenía todo el oro del mundo y sin embargo insistió tozudo en seguir sobre la bicicleta.

Polémica sanción

Poca gloria encontró tras su polémica sanción de 2007, aparte de una victoria de etapa en el Tour de Francia de 2010 y la siniestra Lieja-Bastogne-Lieja del mismo año. Con todo, continuó compitiendo. Su compañero de sangre Andrey Kashechkin corrió peor suerte y cayó en desgracia absoluta.

La sombra de Eufemiano Fuentes y del Doctor Ferrari les persiguió por todos los rincones ciclistas como un fantasma interminable, pero Vinokourov continuó intentándolo. Sostuvo la bandera de Astaná cuando ya todos se habían marchado de ese peculiar invento estatalista: Bruyneel, Kloden, Contador, Armstrong... Resistió con las manos tiznadas confiando en rascar alguna etapa más allí, una victoria allá, quizá una última aparición victoriosa… No dejaba de confiar en sí mismo, pero los años se le agolpaban en las piernas y no dejaban de pedirle cuentas. En efecto, dejó el ciclismo tras su sanción, pero volvería más tarde con idéntico espíritu estajanovista. Lo importante era seguir pegado al asfalto, la droga de sus latidos.

Le faltó suerte

Al Tour 2012 llegó para tedio de muchos. Lo presentaron sin remedio como una vieja gloria post-soviética y un peculiar preboste del Caspio de siniestro pasado, dudoso presente y evidente incapacidad de irse a tiempo. Por supuesto intentó la escapada en todo lugar posible, pero no hubo chispa ni suerte, y las cosas no salieron como planeaba. Cuando todo acabó sin premio pudieron venir los apuntadores a confirmarse a sí mismos que Vinokourov estaba completamente acabado. Una semana después, absolutamente nadie lo esperaba en Londres. Aquel era el escenario de Cavendish y de Great Britain -Wiggins, Froome y el Imperio-, quizá de muchos otros candidatos a medalla, pero en ningún caso era la fiesta del empecinado corredor kazajo de 38 años. Cuando Vinokourov cruzó la meta de The Mall en primera posición, dorados los labios, victoria a chuchillo y a traición marca de la casa, la mayoría ni recordaba la plata conseguida en Sydney 2000 por el corredor de Asia Central. Habían pasado siglos, eras, un océano de pedaladas. La cámara lo captó con la cara compungida y los ojos vidriosos, a punto de besar el asfalto del que se alimentó siempre. Sobre su sangre telúrica latía otra vez la sombra de su hoja de servicio, pero nada le aguó la fiesta. El inquebrantable kazajo pensó como siempre que todo el tránsito había merecido la pena, y que lo importante era haber llegado hasta allí. Un oro es un oro, concluyó para sí. Ganar siempre fue lo más importante.

CARLOS ZÚMER