Yossef Romano, el héroe los Juegos de Munich 72

En los Juegos de Munich un grupo de terroristas palestinos denominados 'Septiembre Negro' tomó como rehenes a varios integrantes del equipo olímpico de Israel. La tragedia fue vista por todo el mundo a través de la televisión y en ella hubo un héroe que dio su vida para salvar la de sus compañeros.

Aquella ciudad poco tenía que ver con Tel Aviv. Yossef Romano había emigrado a Israel con tres años de edad procedente de una Libia inmersa en la II Guerra Mundial y se sentía feliz por haber crecido allí. Israel era su patria, mientras su país natal había sido un vergel de recuerdos y familiares.

Yossef siempre se consideraba un israelita agradecido, nacionalizado e intérprete de los sueños de muchos. Un niño libanés que rompió los tabúes de dos pueblos para encarnar el éxito deportivo y un heroísmo inexplicable. Esta es su historia, y como tantas otras historias, arranca con un sueño.

Aquel grandullón de sonrisa fácil no era un tipo común, ni siquiera daba el perfil de levantador de pesas. Romano era decorador de interiores. Además de padre de familia numerosa, un personaje conocido en Tel Aviv y un apasionado de la halterofilia. Toda su vida había albergado el deseo de acudir a unos Juegos Olímpicos y, por fin, su sueño se había hecho realidad. La llamada le llegó en el cenit de su carrera deportiva: a los 32 años Yossef había sido campeón de Israel en la categoría de 75 kilos durante una larga década.

A su edad, Romano, con tres hijas y una vida acomodada, había pensado más de una vez en retirarse. No en vano era el entrenador del equipo de halterofilia de su ciudad y poco más le quedaba por pedirle a la vida. Había llegado el momento de colgar las botas y disfrutar del momento. Quizás por eso, la llamada del equipo nacional para acudir a los Juegos Olímpicos representaba un epitafio soñado, una carta de despedida escrita en el mejor de los escenarios. Israel era un país novel en el complicado mundo de la halterofilia y él había abierto el camino para que eso empezase a cambiar. Su presencia en la selección que abandonó Israel el 26 de agosto fue la culminación de un sueño.

Y por todo eso aquella mañana se sentía feliz. Munich amanecía radiante a los ojos de las distintas delegaciones que fueron inundando con cuenta gotas la Villa Olímpica. Era la segunda ocasión en que Alemania iba a albergar unos Juegos y cada detalle había sido cuidado al máximo. La delegación israelí acudía con pocas expectativas deportivas: nunca habían conseguido subir al podium en toda la historia olímpica. Sin embargo, su presencia allí tenía connotaciones que iban más allá; y Yossef y sus compañeros recibieron el cariño de toda la nación germana, tan necesitada de olvidar viejos fantasmas demasiados cercanos en el tiempo.

Los protagonistas de aquellos juegos fueron dibujándose según avanzaban las jornadas. Un tal Mark Spitz empezaba a gestar su leyenda en la piscina teutona, Lasse Virén protagonizaba el tropiezo más famoso de unos Juegos: con medalla de oro y récord del mundo incluido; y todo mientras Waldi, primera mascota olímpica de la historia, y el balonmano masculino debutaban en unas Olimpiadas. Y en medio de toda aquella vorágine, Joseph debutaba el 4 de septiembre de aquel verano del 72. Sin demasiado éxito, pero poco importaba, su guerra allí era otra y la noche invitaba a celebrarlo.

De aquella juerga nocturna poco sabemos, salvo que la madrugada pilló a Yossef cenando en un restaurante cercano a la Villa Olímpica, donde empezaban a llegar los últimos rezagados que se colaban sigilosamente por una valla trasera. Y allí coincidieron varios componentes del equipo americano y ocho terroristas ataviados con chándal y bolsas de deporte, que pasaron desapercibidos ante el trasiego furtivo de tanto juerguista de retirada. El entrenador del equipo de lucha, Moshé Weinberg , fue el primero en darse cuenta de lo que ocurría y se abalanzó sobre la puerta de los apartamentos donde se alojaba el equipo israelí. La voz de alarma corrió como la pólvora.

Mientras los que se percataron trataban de huir por las ventanas de sus habitaciones, tuvo lugar uno de aquellos actos heroicos que dan sentido a tantas cosas: Romano se lanzó sobre ocho terroristas armados, probablemente sin pensar en sus tres hijas, ni en el feliz futuro que le esperaba en Tel Aviv; dando tiempo a que nueve personas en su huída salvaran sus vidas. La temeridad de Yossef apenas duró un minuto, tiempo suficiente para apoderarse de un arma y recibir un tiro en el pecho que sesgó su vida y los sueños de un niño libanés, nacionalizado israelí, que quiso y no pudo cambiar el sin sentido de su pequeño mundo. Esa misma mañana, Romano tenía un billete de avión para volver a casa.

- Yossef es el segundo empezando por la izquierda en la última fotografía que ilustra la noticia

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